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Romance a Chiquito de la Calzada

Málaga Digital | Sociedad

19/11/2017 00:16

Hace una semana que fallecía el malagueño Chiquito de la Calzada tras varias semanas ingresado en el hospital Carlos Haya de Málaga. Un empeoramiento de su estado de salud en los últimos días provocó que el artista nos dejase la esencia de su particular humor.


A partir de entonces, han sido muchas las muestras de cariño que se han podido ver en las redes sociales para Chiquito de la Calzada. Y, en este sentido, la redacción de Diario Málaga Digital recibía un romance escrito particularmente para el artista malagueño a cargo de Francisco Delgado-Iribarren, un periodista y escritor valenciano, de 32 años de edad, que ha vivido desde los 2 años en Madrid, donde reside actualmente.


Para este madrileño de adopción, "Chiquito de la Calzada era un personaje típico de mi infancia (saltó a la fama cuando yo tenía 8 o 9 años): aunque yo quizá no tenía edad para entender del todo sus chistes, tengo grabado en la mente el momento de verle en la pequeña pantalla: su figura, su voz, sus movimientos. Yo creo que tenía cierta figura de abuelo entrañable para los niños de la época. Aunque yo no me pudiera sentir del todo fan suyo (por no entenderle), cuando murió me di cuenta, a través de los especiales de la tele, de que era también una gran persona, faceta que no conocía. Su historia de amor con Pepita, por ejemplo, me conmovió. Sin pretenderlo, se me escapó alguna lágrima ante el televisor. Me di cuenta de que era muy querido en España, y que eso no era por nada. Y creo que a partir de ahí decidí escribir un romance en su homenaje. A partir de su muerte he tenido la suerte de hacerme fan de Chiquito, porque ahora entiendo mucho mejor su humor".


Un romance que, según cuenta, fue leído también esta misma semana en una tertulia literario en el mismo Café Gijón de Madrid.


Por la gloria de su madre

nace en un barrio de Málaga

un chiquito muy gracioso

que va derrochando guasa.

Cuando le pega el azote

la comadrona, exclama:

“¡Jarl! ¡Qué haces, pecadora!

¡Yo a ti no te hecho nada!”

Y con ese primer chiste

la risa a su madre arranca.

(No así a la comadrona,

que del susto quedó blanca).

Gregorio Sánchez Fernández,

que así el niño se llama

inunda siendo chiquito

de algarabía su casa.

(Mientras gentes sin humor

hacen la guerra en España).

Cumplidos los ocho años

decide salir de casa

y se va por los tablaos

cantando y tocando palmas.

¡Qué gracia tiene el chiquito,

Chiquito de la Calzada,

que lleva el gracejo andaluz

grabado a fuego en el alma!



De pronto cumple sesenta

y le descubre la cámara,

y en la tele, ‘Genio y figura’,

conoce por fin la fama.

En los alegres noventa

se agiganta en la pantalla,

y pasa de cuentachistes

a fenómeno de masas.

¡Cómo camina Chiquito,

como si pisara brasas!

¡Cómo retuerce a su gusto

la cintura y las palabras!

¡Cuánto cachondeo vierte

su resplandeciente calva!

¡Y qué elegantes le quedan

la chaqueta y la corbata!

Chiquito, que ya es gigante,

va sembrando carcajadas

y con su lenguaje único

una jerigonza implanta.

“¡Pecador de la pradera!

¡Los caballos de Bonanza!

¡Al ataquer! ¡Cuidadín!”

Y un gran “¡torpedo!” te lanza.

“Ay canemor, agromenauer”,

contorsionado exclama,

“¡No puedor! ¿Te das cuen? ¡Fistro!”,

prosigue fiel a su mantra.

Y para decir adiós:

“¡Hasta luego Lucas!” brama.

Y aunque no fueran sus frases

en todos los casos claras,

y aunque no fueran sus chistes

portentosos en gramática,

él se hacía entender

y sus giros contagiaba,

con un humor blanco, limpio,

sin ofendidos, sin mancha.

¡Qué gracia tiene el chiquito,

Chiquito de la Calzada,

que lleva el gracejo andaluz

grabado a fuego en el alma!


Y de pronto un día muere,

como quien se va de casa,

y consigue un imposible:

poner de acuerdo a España.

Su espíritu puro y libre

vuelve a recorrer su patria

y muestra que los humildes

en grandeza siempre ganan.

No se conoce enemigo

del humorista de Málaga,

y sabemos que Pepita

en la eternidad le aguarda.

Y nos saca una sonrisa

y también nos saca lágrimas

porque al fin nos damos cuen

de que un buen hombre se marcha.




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